LA GLOBALIZACIÓN HA MUERTO
La
globalización económica, material, es
inherente al capitalismo y como relato o ideología de época no tenía más de 35
años.
La medida geopolítica del capitalismo
El fin de la historia
La historia sin fin ni destino
La
globalización económica, material, es
inherente al capitalismo y como relato o ideología de época no tenía más de 35
años.
Columna deAlvaro García Linera
La renuncia de Gran Bretaña a continuar en la Unión
Europea –el proyecto más importante de unificación estatal de los cien años
recientes– y la victoria electoral de Trump –que enarboló las banderas de un
regreso al proteccionismo económico, anunció la renuncia a tratados de libre
comercio y prometió la construcción de mesopotámicas murallas fronterizas–, han
aniquilado la mayor y más exitosa ilusión liberal de nuestros tiempos.
El desenfreno por un
inminente mundo sin fronteras, la algarabía por la constante jibarización de
los estados-nacionales en nombre de la libertad de empresa y la cuasi religiosa
certidumbre de que la sociedad mundial terminaría de cohesionarse como un único
espacio económico, financiero y cultural integrado, acaban de derrumbarse ante
el enmudecido estupor de las élites globalófilas del planeta.
La renuncia de Gran Bretaña a
continuar en la Unión Europea –el proyecto más importante de unificación
estatal de los cien años recientes– y la victoria electoral de Trump –que
enarboló las banderas de un regreso al proteccionismo económico, anunció la
renuncia a tratados de libre comercio y prometió la construcción de
mesopotámicas murallas fronterizas–, han aniquilado la mayor y más exitosa
ilusión liberal de nuestros tiempos.
Y que todo esto provenga de
las dos naciones que hace 35 años atrás, enfundadas en sus corazas de guerra,
anunciaran el advenimiento del libre comercio y la globalización como la
inevitable redención de la humanidad, habla de un mundo que se ha invertido o,
peor aún, que ha agotado las ilusiones que lo mantuvieron despierto durante un
siglo.
La globalización como
meta-relato, esto es, como horizonte político ideológico capaz de encauzar las
esperanzas colectivas hacia un único destino que permitiera realizar todas las
posibles expectativas de bienestar, ha estallado en mil pedazos.
Y hoy no existe en su lugar
nada mundial que articule esas expectativas comunes.
Lo que se tiene es un
repliegue atemorizado al interior de las fronteras y el retorno a un tipo de
tribalismo político, alimentado por la ira xenofóbica, ante un mundo que ya no
es el mundo de nadie.
La medida geopolítica del capitalismo
Quien inició el estudio de la
dimensión geográfica del capitalismo fue Karl Marx.
Su debate con el economista
Friedrich List sobre el capitalismo nacional, en 1847, y sus reflexiones sobre
el impacto del descubrimiento de las minas de oro de California en el comercio
transpacífico con Asia, lo ubican como el primero y más acucioso investigador
de los procesos de globalización económica del régimen capitalista.
De hecho, su aporte no radica
en la comprensión del carácter mundializado del comercio que comienza con la
invasión europea a América, sino en la naturaleza planetariamente expansiva de
la propia producción capitalista.
Las categorías de subsunción
formal y subsunción real del proceso de trabajo al capital con las que Marx
devela el automovimiento infinito del modo de producción capitalista, suponen
la creciente subsunción de la fuerza de trabajo, el intelecto social y la
tierra, a la lógica de la acumulación empresarial; es decir, la supeditación de
las condiciones de existencia de todo el planeta a la valorización del capital.
De ahí que en los primeros
350 años de su existencia, la medida geopolítica del capitalismo haya avanzado
de las ciudades-Estado a la dimensión continental y haya pasado, en los pasados
150 años, a la medida geopolítica planetaria.
La globalización económica
(material) es pues inherente al capitalismo.
Su inicio se puede fechar 500
años atrás, a partir del cual habrá de tupirse, de manera fragmentada y
contradictoria, aún mucho más.
Si seguimos los esquemas de
Giovanni Arrighi, en su propuesta de ciclos sistémicos de acumulación
capitalista a la cabeza de un Estado hegemónico: Génova (siglos XV-XVI), Países
Bajos (siglo XVIII), Inglaterra (siglo XIX) y Estados Unidos (siglo XX), cada
uno de estos hegemones vino acompañado de un nuevo tupimiento de la
globalización (primero comercial, luego productiva, tecnológica, cognitiva y,
finalmente, medio ambiental) y de una expansión territorial de las relaciones
capitalistas.
Sin embargo, lo que sí
constituye un acontecimiento reciente al interior de esta globalización
económica es su construcción como proyecto político-ideológico, esperanza o
sentido común; es decir, como horizonte de época capaz de unificar las
creencias políticas y expectativas morales de hombres y mujeres pertenecientes
a todas las naciones del mundo.
El fin de la historia
La globalización como relato
o ideología de época no tiene más de 35 años.
Fue iniciada por los
presidentes Ronald Reagan y Margaret Thatcher, liquidando el Estado de
bienestar, privatizando las empresas estatales, anulando la fuerza sindical
obrera y sustituyendo el proteccionismo del mercado interno por el libre
mercado, elementos que habían caracterizado las relaciones económicas desde la
crisis de 1929.
Cierto, fue un retorno
amplificado a las reglas del liberalismo económico del siglo XIX, incluida la
conexión en tiempo real de los mercados, el crecimiento del comercio en relación
con el producto interno bruto (PIB) mundial y la importancia de los mercados
financieros, que ya estuvieron presentes en ese entonces.
Sin embargo, lo que sí
diferenció esta fase del ciclo sistémico de la que prevaleció en el siglo XIX
fue la ilusión colectiva de la globalización, su función ideológica
legitimadora y su encumbramiento como supuesto destino natural y final de la
humanidad.
Y aquellos que se afiliaron
emotivamente a esa creencia del libre mercado como salvación final no fueron
simplemente los gobernantes y partidos políticos conservadores, sino también
los medios de comunicación, los centros universitarios, comentaristas y líderes
sociales.
El derrumbe de la Unión
Soviética y el proceso de lo que Antonio Gramsci llamó transformismo ideológico
de ex socialistas devenidos furibundos neoliberales, cerró el círculo de la
victoria definitiva del neoliberalismo globalizador.
Si ante los ojos del mundo la
URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), que era considerada hasta
entonces el referente alternativo al capitalismo de libre empresa, abdica de la
pelea y se rinde ante la furia del libre mercado –y encima los combatientes por
un mundo distinto, públicamente y de hinojos, abjuran de sus anteriores
convicciones para proclamar la superioridad de la globalización frente al
socialismo de Estado–, nos encontramos ante la constitución de una narrativa
perfecta del destino natural e irreversible del mundo: el triunfo planetario de
la libre empresa.
El enunciado del fin de la
historia hegeliano con el que Francis Fukuyama caracterizó el espíritu del
mundo, tenía todos los ingredientes de una ideología de época, de una profecía
bíblica: su formulación como proyecto universal, su enfrentamiento contra otro
proyecto universal demonizado (el comunismo), la victoria heroica (fin de la
guerra fría) y la reconversión de los infieles.
La historia había llegado a
su meta: la globalización neoliberal.
Y, a partir de ese momento,
sin adversarios antagónicos a enfrentar, la cuestión ya no era luchar por un
mundo nuevo, sino simplemente ajustar, administrar y perfeccionar el mundo
actual, pues no había alternativa frente a él.
Por ello, ninguna lucha valía
la pena estratégicamente, pues todo lo que se intentara hacer por cambiar de mundo
terminaría finalmente rendido ante el destino inamovible de la humanidad, que
era la globalización.
Surgió entonces un
conformismo pasivo que se apoderó de todas las sociedades, no sólo de las
élites políticas y empresariales, sino también de amplios sectores sociales que
se adhirieron moralmente a la narrativa dominante.
La historia sin fin ni destino
Hoy, cuando aún retumban los
últimos petardos de la larga fiesta del fin de la historia, resulta que quien
salió vencedor, la globalización neoliberal, ha fallecido dejando al mundo sin
final ni horizonte victorioso; es decir, sin horizonte alguno.
Donald Trump no es el verdugo
de la ideología triunfalista de la libre empresa, sino el forense al que le
toca oficializar un deceso clandestino.
Los primeros traspiés de la
ideología de la globalización se hacen sentir a inicios de siglo XXI en América
Latina, cuando obreros, plebeyos urbanos y rebeldes indígenas desoyen el
mandato del fin de la lucha de clases y se coligan para tomar el poder del
Estado.
Combinan- do mayorías
parlamentarias con acción de masas, los gobiernos progresistas y
revolucionarios implementan una variedad de opciones posneoliberales, mostrando
que el libre mercado es una perversión económica susceptible de ser remplazada
por modos de gestión económica mucho más eficientes para reducir la pobreza,
generar igualdad e impulsar crecimiento económico.
Con ello, el fin de la
historia comienza a mostrarse como una singular estafa planetaria y de nuevo la
rueda de la historia –con sus inagotables contradicciones y opciones abiertas–
se pone en marcha.
Posteriormente, en 2009, en
Estados Unidos, el hasta entonces vilipendiado Estado, que había sido objeto de
escarnio por ser considerado una traba a la libre empresa, es jalado de la
manga por Barack Obama para estatizar parcialmente la banca y sacar de la
quiebra a los banqueros privados.
El eficienticismo
empresarial, columna vertebral del desmantelamiento estatal neoliberal, queda
así reducido a polvo frente a su incompetencia para administrar los ahorros de
los ciudadanos.
Luego viene la ralentización
de la economía mundial, pero en particular del comercio de exportaciones.
Durante los 20 años
recientes, éste crece al doble del producto interno bruto (PIB) anual mundial,
pero a partir de 2012 apenas alcanza a igualar el crecimiento de este último, y
ya en 2015 es incluso menor, con lo que la liberalización de los mercados ya no
se constituye más en el motor de la economía planetaria ni en la prueba de la
irresistibilidad de la utopía neoliberal.
Por último, los votantes
ingleses y estadunidenses inclinan la balanza electoral en favor de un
repliegue a estados proteccionistas –si es posible amurallados–, además de
visibilizar un malestar ya planetario contra la devastación de las economías
obreras y de clase media, ocasionado por el libre mercado planetario.
Hoy, la globalización ya no
representa más el paraíso deseado en el cual se depositan las esperanzas
populares ni la realización del bienestar familiar anhelado.
Los mismos países y bases
sociales que la enarbolaron décadas atrás, se han convertido en sus mayores
detractores.
Nos encontramos ante la
muerte de una de las mayores estafas ideológicas de los siglos recientes.
Sin embargo, ninguna
frustración social queda impune.
Existe un costo moral que, en
este momento, no alumbra alternativas inmediatas sino que –es el camino
tortuoso de las cosas– las cierra, al menos temporalmente.
Y es que a la muerte de la
globalización como ilusión colectiva no se le contrapone la emergencia de una
opción capaz de cautivar y encauzar la voluntad deseante y la esperanza
movilizadora de los pueblos golpeados.
La globalización, como
ideología política, triunfó sobre la derrota de la alternativa del socialismo
de Estado; esto es, de la estatización de los medios de producción, el partido
único y la economía planificada desde arriba.
La caída del muro de Berlín,
en 1989, escenifica esta capitulación.
Entonces, en el imaginario
planetario quedó una sola ruta, un solo destino mundial.
Lo que ahora está pasando es
que ese único destino triunfante también fallece.
Es decir, la humanidad se
queda sin destino, sin rumbo, sin certidumbre.
Pero no es el fin de la
historia –como pregonaban los neoliberales–, sino el fin del fin de la
historia.
Es la nada de la historia.
Lo que hoy queda en los
países capitalistas es una inercia sin convicción que no seduce, un manojo
decrépito de ilusiones marchitas y, en la pluma de los escribanos fosilizados,
la añoranza de una globalización fallida que no alumbra más los destinos.
Entonces, con el socialismo
de Estado derrotado y el neoliberalismo fallecido por suicidio, el mundo se
queda sin horizonte, sin futuro, sin esperanza movilizadora.
Es un tiempo de incertidumbre
absoluta en el que, como bien intuía William Shakespeare, todo lo sólido se
desvanece en el aire.
Pero también por ello es un
tiempo más fértil, porque no se tienen certezas heredadas a las cuales asirse
para ordenar el mundo.
Esas certezas hay que
construirlas con las partículas caóticas de esta nube cósmica que deja tras suyo
la muerte de las narrativas pasadas.
¿Cuál será el nuevo futuro
movilizador de las pasiones sociales? Imposible saberlo.
Todos los futuros son
posibles a partir de la nada heredada. Lo común, lo comunitario, lo comunista
es una de esas posibilidades que está anidada en la acción concreta de los
seres humanos y en su imprescindible relación metabólica con la naturaleza.
En cualquier caso, no existe
sociedad humana capaz de desprenderse de la esperanza.
No existe ser humano que
pueda prescindir de un horizonte, y hoy estamos compelidos a construir uno.
Eso es lo común de los
humanos y ese común es el que puede llevarnos a diseñar un nuevo destino
distinto de este emergente capitalismo errático que acaba de perder la fe en sí
mismo.
Vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia

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