EL IMPERIO DE LA VIGILANCIA
Director
de Le Monde Diplimatique (Paris)
Durante mucho tiempo, la idea de un mundo
“totalmente vigilado” ha parecido un delirio utópico o paranoico, fruto de la
imaginación más o menos alucinada de los obsesionados por los complots. Sin
embargo, hay que rendirse a la evidencia: aquí y ahora vivimos bajo el control
de una especie de Imperio de la Vigilancia.
Sin que nos demos cuenta,
estamos, cada vez más, siendo observados, espiados, vigilados, controlados,
fichados. Cada día se perfeccionan nuevas tecnologías para el rastreo de
nuestras huellas.El problema surge cuando nos controlan a todos, en masa y todo
el tiempo, sin una justificación precisa para interceptar nuestras
comunicaciones, sin indicio jurídico alguno que demuestre que hay una razón
plausible para violar nuestros derechos
Bienvenidos al
Imperio de la vigilanciay los algoritmos
LOS CUATRO JINETES DEL INFOCALIPSIS
Durante mucho tiempo, la idea de un
mundo “totalmente vigilado” ha parecido un delirio utópico o paranoico, fruto
de la imaginación más o menos alucinada de los obsesionados por los complots.
Sin embargo, hay que
rendirse a la evidencia: aquí y ahora vivimos bajo el control de una especie de
Imperio de la Vigilancia.La clave: los algoritmos Sin que nos demos cuenta, estamos,
cada vez más, siendo observados, espiados, vigilados, controlados,
fichados.Cada día se perfeccionan nuevas tecnologías para el rastreo de
nuestras huellas.Empresas comerciales y agencias publicitarias cachean nuestras
vidas.
Con el pretexto de luchar
contra el terrorismo y otras plagas,
los gobiernos, incluso los más democráticos, se erigen en Big Brother, y no
dudan en quebrantar sus propias leyes para poder espiarnos mejor.En secreto,
los nuevos Estados orwelianos intentan, muchas veces con la ayuda de los
gigantes de la Red, elaborar exhaustivos ficheros de nuestros datos personales
y de nuestros contactos,
extraídos de los diferentes soportes electrónicos.
Tras la oleada de ataques
terroristas que desde hace veinte años viene golpeando ciudades como Nueva
York, Washington, París, Toulouse, Bruselas, Boston, Ottawa, Oslo, Londres,
Madrid, Túnez, Marrakech, Casablanca, Ankara, etc., las autoridades no han
dejado de utilizar el enorme pavor de una sociedad en estado de shock para
intensificar la vigilancia y reducir, en la misma proporción, la protección de
nuestra vida privada.
Que se entienda bien: el
problema no es la vigilancia en general; es la vigilancia clandestina masiva.Ni
que decir tiene que en un Estado democrático las autoridades están
completamente legitimadas para vigilar a cualquier persona que consideren
sospechosa, apoyándose en la ley y con la autorización previa de un juez.
Como dice Edward Snowden:No
hay problema cuando se trata de escuchas telefónicas a Osama Bin Laden.
Los investigadores pueden
hacer este trabajo mientras tengan permiso de un juez –un juez independiente,
un juez de verdad, no un juez anónimo–, y puedan probar que hay una buena razón
para autorizar la escucha.
Y así es como se debe
hacer.El problema surge cuando nos controlan a todos, en masa y todo el tiempo,
sin una justificación precisa para interceptar nuestras comunicaciones, sin
indicio jurídico alguno que demuestre que hay una razón plausible para violar
nuestros derechos .
Con la ayuda de
algoritmos cada vez más perfeccionados, miles de investigadores, ingenieros, matemáticos,
estadísticos, informáticos, persiguen y criban las informaciones que generamos
sobre nosotros mismos. Desde el espacio nos siguen satélites y drones de mirada
penetrante.
En las terminales de los
aeropuertos, escáneres biométricos analizan nuestros pasos, “leen” nuestro iris
y nuestras huellas digitales.Cámaras infrarrojas miden nuestra temperatura
corporal.Las pupilas silenciosas de cámaras de video nos escudriñan en las
aceras de las ciudades o en los pasillos de los supermercados.
Nos siguen la pista también
en la oficina, en las calles, en el autobús, en el banco, en el metro, en el
estadio, en los aparcamientos, en los ascensores, en los centros comerciales,
en carreteras, estaciones, aeropuertos…
Además, con el desarrollo en
marcha de la “Internet de las cosas”, muchos elementos de nuestro hogar
(refrigerador, botiquín, bodega, etc.), incluso nuestro vehículo, van a poder
suministrar también informaciones valiosas sobre nuestras costumbres más
personales.Hay que decir que la inimaginable revolución digital que estamos
viviendo, y que trastoca ya tantas actividades y profesiones, también ha
desbaratado completamente el campo de la información y el de la vigilancia.
En la era de Internet, la
vigilancia se ha vuelto omnipresente y totalmente inmaterial, imperceptible,
indetectable, invisible. Además, ya es, técnicamente, de una excesiva
sencillez.
Software espía: El editor de la página que visitamos
vende a potenciales anunciadores informaciones que nos afectan, recogidas sobre
todo por las cookies.Ya no son necesarios toscos trabajos de albañilería para
instalar cables y micros, como en la célebre película La conversación, en la que un grupo
de fontaneros presenta, en un Salón dedicado a las técnicas de vigilancia,
chivatos más o menos chapuceros, equipados con cajas rebosantes de hilos
eléctricos, que había que disimular en las paredes o bajo los techos…
Varios estrepitosos
escándalos de la época –el caso Watergate,
en Estados Unidos; el de los fontaneros del Canard , en Francia–, fueron
fracasos humillantes de los servicios de información, que mostraron los límites
de estos viejos métodos mecánicos, fácilmente detectables y perceptibles.
En la actualidad, poner a
alguien bajo escucha es asombrosamente fácil, y está al alcance de
cualquiera.Quien quiera espiar su entorno encuentra una larga lista de opciones
de libre acceso en el comercio.En primer lugar, manuales de instrucción muy
didácticos para aprender a seguir la pista y espiar a la gente .
Y al menos media docena de
software espías (mSpy, GSmSpy, FlexiSpy, Spyera, EasySpy) que leen sin
problemas el contenido de los teléfonos móviles:sms, correos electrónicos, cuentas en
Facebook, WhatsApp, Twitter, etc.
Con el impulso del consumo en
línea se ha desarrollado considerablemente la vigilancia de tipo comercial, que
ha generado un gigantesco mercado de datos personales, convertidos en
mercancía.Cuando nos conectamos a una web, las cookies guardan en la memoria el
conjunto de las búsquedas realizadas, lo que permite establecer nuestro perfil
de consumidor.
En menos de veinte
milisegundos, el editor de la página que visitamos vende a potenciales
anunciadores informaciones que nos afectan, recogidas sobre todo por las
cookies.Apenas algunos milisegundos después, aparece en nuestra pantalla la
publicidad que supuestamente tiene más impacto en nosotros.
Y ya estamos definitivamente
fichados.Una alianza sin
precedentes
Las nuevas empresas, como
Google, Apple, Microsoft, Amazon y más recientemente Facebook han establecido
estrechos lazos con el aparato del Estado en Washington, especialmente con los
responsables de la política exterior.En cierto modo, la vigilancia se ha
privatizado y democratizado.Ya no es un asunto reservado únicamente a los
servicios gubernamentales de información.
Aunque,
gracias también a las estrechas complicidades que los Estados han entablado con
las grandes empresas privadas que dominan las industrias de la informática y de
las telecomunicaciones, su capacidad en materia de espionaje de masas ha
crecido de forma exponencial.
El fundador de WikiLeaks
afirma:Las nuevas empresas, como Google, Apple, Microsoft, Amazon y más
recientemente Facebook han establecido estrechos lazos con el aparato del
Estado en Washington, especialmente con los responsables de la política
exterior. Esta relación se ha convertido en una evidencia […].
Comparten las mismas ideas
políticas y tienen idéntica visión del mundo.En última instancia, los estrechos
vínculos y la visión común del mundo de Google y la Administración
estadounidense están al servicio de los objetivos de la política exterior de
los Estados Unidos.
Esta alianza sin precedentes
–Estado + aparato militar de seguridad + industrias gigantes de la Web– ha
creado este Imperio de la vigilancia cuyo objetivo claro y concreto es poner
Internet bajo escucha, todo Internet y a todos los internautas.
En esta situación, es
necesario tener en cuenta dos ideas muy concretas:El ciberespacio se ha convertido en
una especie de quinto elemento.
El filósofo griego Empédocles
sostenía que nuestro mundo estaba formado por una combinación de cuatro
elementos: tierra, aire, agua y fuego.
Pero el surgimiento de
Internet, con su misterioso interespacio superpuesto al nuestro, formado por
miles de millones de intercambios digitales de todo tipo, por su streaming y su
clouding, ha engendrado un nuevo universo, en cierto modo cuántico, que viene a
completar la realidad de nuestro mundo contemporáneo como si fuera un auténtico
quinto elemento.
En este sentido, hay que
señalar que cada uno de los cuatro elementos tradicionales constituye,
históricamente, un campo de batalla, un lugar de confrontación.Y que los
Estados han tenido que desarrollar componentes específicos de las fuerzas
armadas para cada uno de estos elementos: el ejército de Tierra, el ejército
del Aire, la Armada y, con carácter más singular, los bomberos o guerreros del
fuego.
De manera natural, desde el
desarrollo de la aviación militar en 1914-1918, todas las grandes potencias han
añadido hoy, a los tres ejércitos tradicionales y a los combatientes del fuego,
un ejército cuyo ecosistema es el quinto elemento: el ciberejército, encargado
de la ciberdefensa, que tiene sus propias estructuras orgánicas, su Estado
mayor, sus cibersoldados y sus propias armas: superordenadores preparados para
librar la ciberguerra digital en el ámbito de Internet. Internet se ha
centralizado.
Al principio, se percibió la
Red como una explosión de posibilidades de expresión individuales, que permitía
escapar de la dependencia de los monopolios estatales (correos, telégrafo,
teléfono), de los gigantes de las telecomunicaciones y de los grandes medios de
comunicación dominantes (prensa, radio, televisión). Era sinónimo de libertad, de
evasión, de creatividad.
Veinticinco años después, la
Red está a punto de sufrir una violenta centralización en torno a ciertas
colosales empresas privadas: las GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon,
Microsoft), todas estadounidenses, que, a escala planetaria, acaparan las
diferentes facetas de la Red, y de las que son extraordinariamente dependientes
los aproximadamente 3 mil quinientos millones de internautas, quienes, a su
vez, las alimentan con todos sus datos personales.Y de este modo, las enriquecen
descomunalmente.
Para las generaciones de
menos de 40 años, la Red es sencillamente el ecosistema en el que han madurado
su pensamiento, su curiosidad, sus gustos y su personalidad.Para ellos, Internet
no es sólo una herramienta autónoma que se utiliza para tareas concretas.
Es una inmensa esfera
intelectual, en la que se aprende a explorar libremente todos los saberes.Y, al
mismo tiempo, un ágora sin límites, un foro donde la gente se encuentra,
dialoga, intercambia y adquiere cultura, conocimientos y valores, generalmente
compartiéndolos.
Para estas nuevas
generaciones, Internet representa lo que para sus antepasados fueron
simultáneamente la Escuela y la Biblioteca, el Arte y la Enciclopedia, la
Ciudad y el Templo, el Mercado y la Cooperativa, el Estadio y el Escenario, el
Viaje y los Juegos, el Circo y el Burdel…
Es tan fabuloso que por el
placer de evolucionar en un universo tecnológico, el individuo no se preocupe
de saber, y aún menos de comprender, que las máquinas gestionan su vida
cotidiana.Que cada uno de sus actos y gestos es registrado, filtrado, analizado
y, eventualmente, vigilado.
Que, lejos de liberarle de
sus ataduras físicas, la informática de la comunicación constituye sin duda la
herramienta de vigilancia y control más formidable que el hombre haya puesto a
punto jamás.
Y esto no ha acabado.Ya que,
insaciables, los gigantes de la Red quieren ahora extender su dominio al
conjunto de la humanidad, con el pretexto de la emancipación y la liberación.
Paul Virilio, al evocar las
catástrofes industriales, que son por definición contemporáneas a la era
industrial, nos ha enseñado que, por ejemplo, la invención del ferrocarril
conllevó simultáneamente la invención de los accidentes de tren.
Con la Web pasa algo
parecido.La catástrofe industrial de Internet es la vigilancia masiva, de la
que solo escapan–consuelo de pobres– los que no tienen Internet; es decir,
alrededor de la mitad de los habitantes del planeta.
Pero los gigantes de la Red
–Google, Facebook y, concretamente, Microsoft– quieren acabar con esta
injusticia: “Si conectamos a Internet a los cuatro mil millones de personas que
no tienen acceso a la Red, tenemos la oportunidad histórica de educar al
conjunto del mundo en las próximas décadas”, ha declarado, por ejemplo, el
dueño de Facebook, Mark Zuckerberg.
El 26 de septiembre de 2015,
Zuckerberg, Bill Gates, fundador de Microsoft, Jimmy Wales, fundador de
Wikipedia y otros insistieron ante la ONU, inscribiendo su posición en el marco
de los objetivos de desarrollo sostenible fijados por las Naciones Unidas para
erradicar la pobreza extrema hasta el año 2030 : “Internet pertenece a todo el mundo,
por lo tanto debe ser accesible a todo el mundo.
Aunque Facebook no había
esperado para lanzar, en agosto de 2013, Internet.org, una aplicación para
smartphones que permite a las poblaciones de los países pobres acceder
gratuitamente a la red Facebook y a una selección de unos cuarenta sitios web,
Wikipedia entre ellos.
Por su parte, Alphabet
(Google) ha puesto a punto su propio proyecto de ampliar al mundo entero el
acceso a Internet.Para proporcionar gratuitamente a los ‘condenados de la
Tierra’ los beneficios de su motor de búsqueda, esta empresa global cuenta
sobre todo con apoyarse en su programa Loon: globos de helio instalados en la
estratosfera.
Sin dudar en absoluto de la
intención de estos gigantes de la Red de mejorar el destino de la humanidad,
podemos preguntarnos si no les motivan también consideraciones más comerciales,
puesto que la principal riqueza de estas empresas ineludibles -casi en
situación de monopolio planetario- es el número de conectados. Facebook o
Google, por ejemplo, no venden nada a los internautas; venden sus miles de
millones de usuarios a los anunciantes publicitarios.
Es lógico, por lo tanto, que,
a partir de ahora, quieran venderles todos los habitantes de la
Tierra.Simultáneamente, cuando el mundo entero esté conectado, podrán
transmitir a la NSA, en una doble operación, todos los datos personales de
todos los habitantes de la Tierra …


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